19.46- hs debo partir en este mismo instante a ver a Copje. Copje no espera con una masita, ni un té saborizado. Solamente espera. En veinticuatro minutos empieza nuestra charla.
Seguramente el diálogo empezará así: "hola Copje, cómo estás?"; "Bien, bien, gracias" y todas esas cosas. O sea, todo normal desde el principio, mis queridos temerosos de otras Copjes.
19.48 hs - Falta menos que antes (siempre falta menos que antes) para verle la cara. Sé de qué temas hablaré. Pero me gusta mucho intuir, adivinar, arriesgar qué cosas serán las nuevas; qué habrá -entre esos temas- en mi cabeza que yo no pueda darme cuenta.
19.50 hs - Copje siempre tiene una salida elegante. Copje es una ribeteadora fascinante. Me da vuelta como una media y, luego de aquellos cincuenta minutos, me "tira" a la vereda como trapo.
19.51 hs - Ahora sí, no hay más excusas, debo partir.
SZ
lunes, 19 de marzo de 2007
domingo, 18 de marzo de 2007
Guido desvanece
Ista semana fue complicado paro Guido. Un amigo ítalo-esloveno qui parla un español coherente. Se notaba a la ligua su desazón. Motivos le sobraban: estuvo presente en un entierro, fue víctima de un asalta a mano armade en calle Lavalle e su hijita estaba con problemas (aún hoy siguen sin detectar suyo enfermedá). No tuvo más rimedio que acercarse a mi puerta y largar todo con un imotivo llanto. Así de sencillo fue su acercamento.
Tan sencillo para algo tan complicado como es la vida en ese tipo de semanas. Habló, lloró. Yo lo escuchaba con suma atención (ahora creo que algo de su italianismo quedó en mi cabeza, aunque no sepa una sola palabra).
Pienso en Guido. Pienso en sus desgracias. En esos momentos no quiero más nada. Solamente acompañarlo en su dolor. Preguntaré a Copje cómo se sale de esta clase de semanas. Ella tendrá palabras para hacerme salir al menos cincuenta minutos de esa feroz realidad, lindera con la muerte.
SZ
Tan sencillo para algo tan complicado como es la vida en ese tipo de semanas. Habló, lloró. Yo lo escuchaba con suma atención (ahora creo que algo de su italianismo quedó en mi cabeza, aunque no sepa una sola palabra).
Pienso en Guido. Pienso en sus desgracias. En esos momentos no quiero más nada. Solamente acompañarlo en su dolor. Preguntaré a Copje cómo se sale de esta clase de semanas. Ella tendrá palabras para hacerme salir al menos cincuenta minutos de esa feroz realidad, lindera con la muerte.
SZ
martes, 13 de marzo de 2007
Encuentro
Ayer lunes me encontré por el centro de Buenos Aires. Humedad. Pura humedad.
Decidí comer algo. "Un sánguche y una coca", dije. "Sánguche no, sólo pizza y empanadas", me contestó un sujeto malhumorado.
Me atraganté con dos porciones de muzzarella y previamente con una empanadita de jamón y queso. Grasa. Pura grasa.
Entre el partido repetido del domingo -un Lanús vs. Racing deplorable-, los comentarios groseros de un par de tipos a mi lado, y la vieja de más de ochenta que siempre veía yo comprar pizza, surgió, desde el exterior, una figura llamativa.
Su andar era imprudente, fijando su vista en algún recodo de los viejos edificios. Llevaba una remera naranja, unos zapatos azules y naranjas también, pero desentonaba con un pantalón marrón clarito. Entre su axila traía el diario que se reparte en el subte y algunas hojas escritas en clara pluma.
Pensé que podría ser un viejo albañil, un viejo ricachón, o un viejo extranjero. Cabría cualquier posibilidad. En un instante hizo una gran pantomima: miró a dos chicas por delante y por detrás, giró en ciento ochenta grados, avanzó sobrepasando una señora -lenta en su andar-, y con su derecha estirada abrió la puerta del abismo. Entró de golpe y todo el lugar pareció callar ante sus pasos. Observando ahora la lista de precios del mostrador, recorrió el pasillo ante la mirada del público (escaso, claro, eran ya las 15hs) que esbozaba una sonrisa.
"¿Qué tal Don?", preguntó el malhumorado, de reciente sonrisa. "A los efectos de contentarme con un placer parecido al de navegar en proa, déme, si es tan amable, una de anchoa".
Me di cuenta, en ese mismo instante, que mi ojo nunca había estado más fino. El simpático ser descolocado, desnivelado de la estructura y la situación, no era si no el intrépido literato Don Álvarez Gómez.
SZ
Decidí comer algo. "Un sánguche y una coca", dije. "Sánguche no, sólo pizza y empanadas", me contestó un sujeto malhumorado.
Me atraganté con dos porciones de muzzarella y previamente con una empanadita de jamón y queso. Grasa. Pura grasa.
Entre el partido repetido del domingo -un Lanús vs. Racing deplorable-, los comentarios groseros de un par de tipos a mi lado, y la vieja de más de ochenta que siempre veía yo comprar pizza, surgió, desde el exterior, una figura llamativa.
Su andar era imprudente, fijando su vista en algún recodo de los viejos edificios. Llevaba una remera naranja, unos zapatos azules y naranjas también, pero desentonaba con un pantalón marrón clarito. Entre su axila traía el diario que se reparte en el subte y algunas hojas escritas en clara pluma.
Pensé que podría ser un viejo albañil, un viejo ricachón, o un viejo extranjero. Cabría cualquier posibilidad. En un instante hizo una gran pantomima: miró a dos chicas por delante y por detrás, giró en ciento ochenta grados, avanzó sobrepasando una señora -lenta en su andar-, y con su derecha estirada abrió la puerta del abismo. Entró de golpe y todo el lugar pareció callar ante sus pasos. Observando ahora la lista de precios del mostrador, recorrió el pasillo ante la mirada del público (escaso, claro, eran ya las 15hs) que esbozaba una sonrisa.
"¿Qué tal Don?", preguntó el malhumorado, de reciente sonrisa. "A los efectos de contentarme con un placer parecido al de navegar en proa, déme, si es tan amable, una de anchoa".
Me di cuenta, en ese mismo instante, que mi ojo nunca había estado más fino. El simpático ser descolocado, desnivelado de la estructura y la situación, no era si no el intrépido literato Don Álvarez Gómez.
SZ
miércoles, 7 de marzo de 2007
Nacimiento
Me gusta el ritmo porteño. Su movimiento y energía. Los obreros en frente de casa, el ciclo de bondis de Las Heras. Más allá un trajeado tamborilea su celular esperando que lo llamen de urgencia, un mozo limpia de forma metódica el piso de un restó paquete.
Cualquier tipo de música puede combinarse con estos barrios. No voy a describir cuáles, porque son todos los estilos. Con sólo pensar un segundo en esas imágenes, y luego subir el parlante, el walkman, la spika o el Ipod. A falta de alguno de ellos, se podrá recordar la música que más guste.
Ese tumulto porteño es insaciable, atropellado y voraz. Mientras esa sordera constante fluye, las manos ajadas de una madre reciben a una beba. Todo ese ritmo calla ante una respiración que se escucha en la sala entera. El silencio inunda una ciudad que parecía arrolladora.
SZ
Cualquier tipo de música puede combinarse con estos barrios. No voy a describir cuáles, porque son todos los estilos. Con sólo pensar un segundo en esas imágenes, y luego subir el parlante, el walkman, la spika o el Ipod. A falta de alguno de ellos, se podrá recordar la música que más guste.
Ese tumulto porteño es insaciable, atropellado y voraz. Mientras esa sordera constante fluye, las manos ajadas de una madre reciben a una beba. Todo ese ritmo calla ante una respiración que se escucha en la sala entera. El silencio inunda una ciudad que parecía arrolladora.
SZ
lunes, 5 de marzo de 2007
sábado, 3 de marzo de 2007
Casilda
Viajé otra vez. Cada vez los viajes son más cortos pero a su vez más intensos (bueno, no siempre). A unos trescientos kilómetros, Casilda, señores. Orden y progreso, muchachos. Ordem e progreso, garotos. Mate, facturas, vino y un asado jugoso.
Sin ser una ciudad de atracciones visibles, entretiene el ritmo de pueblo: brazos en alto por la llegada de "El Laucha", el médico más reconocido del pueblo. "¡Laucha!", y los saludos se cruzan por las mesas del "Sarmiento" (bar en la esquina de la plaza principal). Más atrás, en el bar, se acodan los chiquitos de Don Luis, famoso por su librería a unas cuadras del centro. Por la vereda pasa la Betty, mujer del verdulero de calle España, Tito.
Así todo el día.
Otra particularidad de Casilda es su ambivalencia con la forma de vivir. Gente austera, al parecer de confianza, que puede sentarse en la esquina de calle Zeballos y el boulevard a tomar un mate, así como luego recorrer las estancias que adquirieron hace unos meses. El movimiento social de la ciudad no se condice con el económico de su región.
Verde por fuera y con una simpleza de pueblo bien armado, Casilda puede dar la bienvenida a cualquier visitante, haciéndolo sentir cómodo y tranquilo.
SZ
Sin ser una ciudad de atracciones visibles, entretiene el ritmo de pueblo: brazos en alto por la llegada de "El Laucha", el médico más reconocido del pueblo. "¡Laucha!", y los saludos se cruzan por las mesas del "Sarmiento" (bar en la esquina de la plaza principal). Más atrás, en el bar, se acodan los chiquitos de Don Luis, famoso por su librería a unas cuadras del centro. Por la vereda pasa la Betty, mujer del verdulero de calle España, Tito.
Así todo el día.
Otra particularidad de Casilda es su ambivalencia con la forma de vivir. Gente austera, al parecer de confianza, que puede sentarse en la esquina de calle Zeballos y el boulevard a tomar un mate, así como luego recorrer las estancias que adquirieron hace unos meses. El movimiento social de la ciudad no se condice con el económico de su región.
Verde por fuera y con una simpleza de pueblo bien armado, Casilda puede dar la bienvenida a cualquier visitante, haciéndolo sentir cómodo y tranquilo.
SZ
Tjasa
Tjasa es hoy una cálida y sentida mujer. Heredó un sinfín de rincones: entre su cuerpo, su estilo, su decisión rotunda, su franqueza. Mezcla de ternura incontenible y desbordante con un costado firme y hasta defensivo.
Sabe despertarme a la mañana -las veces en que nuestras mañanas son, justamente, nuestras-, acariciarme y rozar mis mejillas con sus tibios besos. Luego vuelve al sueño que le arrebata una sonrisa llena de paz.
Puedo pasar horas mirando a Tjasa. Creo que a veces no comprende el estado de mi fascinación por ella. Aunque le sobra inteligencia como para hacerme creer que no lo comprende, y así, yo retorno a ese inmenso sitio que es el de darle todo lo que ella me inspira. Me devuelve su cariño en bocanadas de dulzura.
SZ
Sabe despertarme a la mañana -las veces en que nuestras mañanas son, justamente, nuestras-, acariciarme y rozar mis mejillas con sus tibios besos. Luego vuelve al sueño que le arrebata una sonrisa llena de paz.
Puedo pasar horas mirando a Tjasa. Creo que a veces no comprende el estado de mi fascinación por ella. Aunque le sobra inteligencia como para hacerme creer que no lo comprende, y así, yo retorno a ese inmenso sitio que es el de darle todo lo que ella me inspira. Me devuelve su cariño en bocanadas de dulzura.
SZ
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